Un modelo de negocio externo muy “especial”

La cultura china tiene, al igual que cualquier otra, sus propias particularidades. En principio, China rechaza la irrupción de ideas o valores externos, es decir, los provenientes de otros países. Sin embargo, este muro es derrumbado siempre y cuando éstos aporten un valor al país, aunque únicamente bajo la supervisión del Estado; y en aquellos casos en los que el control del activo no es totalmente seguro, lo que hacen es crear “entidades híbridas” que le permitan manejarlo sin riesgo para su estabilidad interna.

China se dirige sin pausa hacia el propósito ineludible de convertirse en la primera potencia mundial en los próximos años, dejando por detrás a Estados Unidos. Aunque su PIB es mucho más bajo que el del país norteamericano, lo cierto es que el gobierno chino está planteando diversas acciones que a medio largo plazo le puedan garantizar su objetivo. Entre estos, el gobierno está financiando proyectos relacionados con la energía solar y otras renovables, los reactores solares, la física cuántica, la nanotecnología y la purificación del agua; y ha planteado incrementar su inversión en I+D, con lo que pretenden alcanzar el PIB actual de Estados Unidos en menos de diez años.

Queda claro, entonces, que China está desarrollando sus negocios y tratando de sacar el mayor partido posible a sus inversiones, pero ahora la cuestión es si el socialismo chino podrá coexistir e interrelacionarse con el capitalismo occidental. Hasta el momento, las acciones entre los distintos países y China ha venido aclimatándose de forma bilateral según las disposiciones, pero no cabe duda de que las distintas formas económicas suponen un importante hándicap que debe ser superado.

Actualmente, China está obligando a las empresas internacionales de todos los sectores a compartir sus tecnologías y adaptarse a sus normativas como condición sine qua non para operar en el país; lo que está limitando sus negocios internacionales y alimentando las tensiones entre los distintos gobiernos. Sólo hay dos opciones: aceptar y cumplir las reglas y compartir la propiedad de sus tecnologías con el gobierno chino, o no entrar en el mercado de mayor crecimiento del mundo.

Mucho más allá, a finales del pasado 2009, el Ministerio de Ciencia y Tecnología de China exigió a las empresas internacionales que “todas las tecnologías utilizadas en los productos vendidos en china se desarrollasen en el propio país”, obligándoles así a realizar allí una importantísima inversión en I+D. Sin embargo, y debido a las numerosas protestas de los empresarios, finalmente recularon en su decisión, aunque parece que será sólo cuestión de tiempo que una norma igual o similar sea aprobada para realizar negocios en el país asiático. Con lo cual, la consecución de estos términos le permitiría a China aumentar su potencial financiero y alcanzar con menos esfuerzos y en menos tiempo a la gran superpotencia estadounidense.

Por el momento, los resultados obtenidos a partir de estas políticas han estado divididos según los sectores. En aquellos relacionados con el transporte o la energía eólica, las empresas chinas han conseguido suplantar a las multinacionales extranjeras en su propio mercado e impulsar las exportaciones. En otros sectores como el de la energía solar, a penas han conseguido beneficios. En cualquier caso parece ser demasiado pronto para asegurar el éxito o fracaso de esta política económica almidonada.

Las empresas internacionales parecen haber encontrado diversas formas de cooperación entre las organizaciones chinas y extranjeras, aprovechándose de las ventajas que cada uno de los países ofrecen en cada caso; y empiezan a aprender a proteger su propiedad intelectual en China. A pesar de todo, parece que los cambios que está experimentando la sociedad actual, potenciado por el nuevo orden que establecerá la crisis, son el escenario en el que empresas de todo el mundo tendrán que aprender a moverse, también las de China.

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